
Viento y agua surgían como una combinación mágica que aportaba a las tardes de verano un placer maravilloso para encontrarse y perderse de nuevo en el océano de uno mismo.
Solía cerrar los ojos y concentrarme en la música del agua, el ritmo de su chapoteo era siempre diferente ante el roce del casco. Entonces llegaba su buen amigo el viento, a veces lo hacía con suavidad acariciando todo cuanto encontraba a su paso, otras llegaba con mayor energía, como si tuviera prisa por enseñarnos algo… Así podía sentir en la piel como el viento y el agua me invitaban a participar en este juego que se me ocurría como una metáfora de la vida.
Al abrir los ojos me sentía muy pequeñita, el casco y las velas parecían haber reducido su tamaño al abandonar el puerto. Me gusta fijarme en la estela que va dejando y descubrir esas pequeñas gotas que se diferencian por un momento del resto, para volver casi inmediatamente a desaparecer, a formar parte de esta maravillosa masa de agua o, a veces, fundirse en mi propia piel. Como el viento que se entrega a todo y a todos por igual, llenando velas y pulmones, impulsándonos a continuar.
Es tan emocionante que alguna vez se me escapó una lágrima y el viento, se la regaló al mar…
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18,Agosto 2008 a las 1:34 pm |
Hola Maru,cuanta belleza ¡que forma de comunicar¡gracias por emocionarme¡
Un abrazo
21,Agosto 2008 a las 10:41 am |
Que bella reflexion haces Maru. El viento, el agua, el mar, en si, es tan atavico para la humanidad que comunica muchisimo si tenemos ganas de escucharlo.
Un saludo